Domingo I de cuaresma

Primera Lectura: Dt 26, 4-10: Profesión de fe del pueblo elegido.

Libro del Deuteronomio. El nombre significa: segunda ley. El contenido es, más bien: la ley presentada por segunda vez. Y si precisáramos un poco acabaríamos por decir que es: una nueva presentación de la ley.

Habla Moisés, el gran Caudillo de Israel. Y, al hablar, recuerda al pueblo, hasta en sus más pequeños detalles, las exigencias del Pacto con Dios y los pormenores de una convivencia con él. También rememora los magníficos acontecimientos de la salida de Egipto y de la estancia en el desierto. Éstos y aquéllos -exigencias y portentos- forman un todo compacto y jugoso. El estilo es parenético, exhortativo. Es un predicador caluroso el que habla con ribetes de profeta: recomienda, exhorta, anima, amenaza... ¡El pueblo debe cumplir la Ley, para su bien!

El capítulo 26 presenta un tema particular -primicias y diezmos- en formas expresivas un tanto particulares. En concreto, los versillos anotados. Se trata de un breve y antiguo credo o fórmula de fe dentro de un acto litúrgico.

La fe confiesa y celebra -de ahí la ofrenda de las primicias en el santo templo de Dios- a un Dios acontecedor, Señor de los acontecimientos, Dueño de la historia. Una breve y sustanciosa historia de la salvación. Es también una acción de gracias: Bajamos a Egipto; fuimos oprimidos; clamamos al Señor; el Señor escuchó nuestros gritos; nos sacó de la servidumbre con grandes signos y nos introdujo en esta tierra que mana leche y miel... Los puntos suspensivos denotan la abertura a nuevas intervenciones; y la confesión, cultual también, proclama que la posesión de la tierra, que actualmente se disfruta, es obra de las manos de Dios y dádiva de su bondad. En homenaje y agradecimiento, las primicias.

Se observará que el credo presenta como objeto de confesión una serie de acontecimientos pasados, un estar presente y un futuro abierto a la plenitud. Lo que soy estrecha sus brazos con lo que fui y los abre decidido a lo que seré. Todo, naturalmente, por gracia de Dios. Heredero de los antiguos, solidario con los coetáneos y copartícipe con los venideros. Repasemos nuestro credo cristiano y lo comprobaremos: Creo... en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Es un canto, una catequesis, una acción de gracias, un acto de culto. Inseparable, como expresión de ello, la ofrenda de nosotros mismos -la mejor primicia- en Cristo, nuestra primicia. La ofrenda de los frutos es un reconocimiento y una petición.

Salmo Responsorial: Sal 90, 1-2. 10-15: Acompáñame, Señor, en la tribulación.

No les cae fácil a los autores la caracterización de este salmo. Y no porque sea obscuro o de estructura rara; antes bien es transparente. Lo difícil es, sin embargo, dar con el género específico al que pertenece. De todos modos no es tan importante el asunto.

El estribillo es un grito de súplica. Es buena la compañía del Señor en la tribulación. Es muy malo sufrir solo. Por otra parte, la presencia del Señor ahuyenta los males.

El salmo es, al mismo tiempo, la respuesta y el motivo de la súplica. El Señor escucha siempre la oración. El Señor es cobijo seguro; el Señor promete asistencia; el Señor tiene providencia especial del que al él acude. La confianza y la fe ardiente invaden de lleno el salmo. Dios avala esa fe. La imagen de las bestias, como impotentes ante el fiel de Dios, está apuntando a los poderes de todo tipo que pretenden apartarnos de Dios. Respiran veneno y muerte. Dios inmuniza al fiel. El Nuevo Testamento puede decirnos algo a este respecto: Mc 16, 18; 1 Jn 5, 4; Rm 8, 38. Dios se preocupa especialmente de los suyos; los guarda de todo mal. Sin embargo, los versillos 11 y 12 del salmo, citados por el diablo en su tentación a Cristo, ponen cierto límite a la confianza en Dios. Dios salva al que está con él, al que confía en él; pero no salvó a Cristo. Cristo es el modelo y la solución del problema. El cristiano goza de una especial providencia que no asegura, sin más la ausencia de todo tipo de calamidad. Cristo sufrió, murió; pero Cristo resucitó. Con eso no se hunde la fe; antes bien, se precisa. El Señor promete absolutamente: lo libraré, lo protegeré, lo glorificaré. Fe y confianza en el Señor. A eso nos invita el salmo.

Segunda Lectura: Rm 10, 8-13: Uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que le invocan.

A Pablo le ha llegado muy adentro del corazón la incredulidad de su pueblo. Cabe pensar que su sentimiento, profundamente piadoso y celosamente patriótico, ha sido crudamente lacerado, al constatar, con el paso de los años, no digamos la indiferencia, sino la creciente hostilidad de su pueblo a la fe, que les traía precisamente el cumplimiento de las promesas, por las que tanto tiempo habían estado esperando y en las que veían legitimada su existencia en el mundo como pueblo privilegiado. Pablo lo trasluce con frecuencia en sus escritos, unas veces dolido, otras airado. La infidelidad de su pueblo le causa pena y le mueve a orar por él. La hostilidad a la fe le indigna y provoca en él palabras duras. Pablo pasa de uno a otro sentimiento, según los casos.

Esta vez siente Pablo compasión por los suyos. El capítulo 10 comienza con una ferviente oración por este pueblo renuente y endurecido. No se han sometido a la justicia de Dios que salva. Se han aferrado a la Ley y han despreciado a Cristo. No han visto que Cristo es la perfección y el coronamiento de la Ley. La Ley apunta decididamente hacia Cristo. No han leído la Escritura. Pablo acude de nuevo a ella. Ella da razón de la revelación y de la disposición divinas. Dios ha dispuesto salvar a los hombres en Cristo por la fe. Es la tesis de Pablo; de ahí la profusión de citas. Es el tema de los versillos leídos.

La justificación llega al hombre mediante la fe. La fe tiene por objeto y base a Cristo: creer que Cristo es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos. No es otro el evangelio que predica Pablo. La confesión ha de ser completa, de corazón y boca: confesión afectiva, de pensamiento y voluntad, y práctica, vida según Cristo. Es lo que se llama fe viva. Por la adhesión a Cristo, que justifica, somos justificados; por la práctica de la fe en Cristo que salva, somos -seremos- salvos. La justificación incluye la pertenencia, aun aquí, a ese mundo nuevo, divino. La salvación incluye la resurrección de los muertos. La primera es la amistad con Dios. La segunda nos la confirma para siempre. Es una misma realidad en dos tiempos. Una (es) razón de la otra, la otra coronamiento de la primera. La fe es la que salva. Por consiguiente, todo el que tenga fe y la conserve se salvará. Lo dice explícitamente la Escritura. De ahí que la salvación por la fe se extienda a todos. No hay judío ni gentil. El Dios de Israel es el Dios de todos. Su misericordia se ha derramado, en Cristo, a todos. Cristo mismo es el Señor; Señor que es Dios. Nadie que crea en él será confundido. Pablo ha traspasado el título de Señor, dirigido en el Antiguo Testamento a Dios Yahvé, a Cristo. Cristo es el Señor con carácter divino. Por eso, se ve claro que el que lo invoque no será confundido, pues es el Señor.

Tercera Lectura: Lc 4, 1-13: El Espíritu le iba llevando por el desierto, mientras era tentado.

En la vida de Cristo topamos con muchos misterios. Podría decirse que toda vida es un misterio ininterrumpido. Pero estamos tan familiarizados con ella, que todo lo que se nos cuenta en ella nos causa sorpresa. Alguno que otro acontecimiento nos llama la atención. Este, por ejemplo, nos da qué pensar.

Cristo se dejó tentar; y se dejó tentar por el diablo, su encarnizado enemigo. ¿Con qué fin? Ahí está el hecho. Los tres sinópticos lo recuerdan. Mateo y Lucas nos dan una relación detallada del acontecimiento. Esto nos demuestra que el misterio de Cristo tentado tuvo en la primitiva iglesia -en los apóstoles- considerable importancia. Cada uno de los evangelistas -Mateo y Lucas en especial- tratan de darle una significación concreta, dentro del misterio. Aquí difieren los evangelistas. El uno, Mateo, orienta el acontecimiento hacia el pasado -hacia el pueblo de Israel, primogénito de Dios, tentado en el desierto- así el misterio recibe cierta luz. El otro, lo orienta hacia el futuro -hacia otro acontecimiento solemne y misterioso- hacia la Pasión del Señor. De esa forma, el acontecimiento, en sí real, recibe un sentido determinado. Ilumina otros misterios y éstos lo iluminan a él.

Esta vez nos toca hablar de las tentaciones de Cristo en San Lucas. Miremos de reojo a Mateo. Uno con el otro nos dan el sentido completo. Notemos, en primer lugar, lo propio de este evangelista. Es siempre interesante. Así podremos dar, en segundo lugar, la explicación.

Lucas ha cambiado el orden de las tentaciones presentado por Mateo. Ha colocado en tercer lugar la segunda de Mateo y en segundo la tercera de éste. El cambio ha sido intencionado. Lucas no ha querido conservar el orden de Mateo, más primitivo, por razones teológicas. El desplazamiento es una interpretación. A Lucas le interesaba colocar en Jerusalén la última de las tentaciones, con el fin de dirigir nuestra atención hacia esa ciudad. Jerusalén tiene suma importancia en el evangelio de Lucas. Jerusalén es el escenario, donde van a realizarse los acontecimientos salvíficos más importantes: Pasión Muerte y Resurrección, con la Ascensión. A pesar de la superación por parte de Cristo de la tentación de Satanás, volverá el intento de éste, a la hora de la Pasión -hora del poder de las tinieblas- a apartar a Jesús del cumplimiento de su misión. Para recordárnoslo, Lucas ha variado el orden de las tentaciones. El Demonio lo dejó hasta otra ocasión. Hacia esa ocasión orienta Lucas nuestro pensamiento.

Una nueva indicación, sobre el texto de Mateo, la encontramos en Lucas en su segunda tentación. El Diablo habla, en la tentación, del poder y de la gloria de los reinos de este mundo. Se los ofrece al Señor, si, postrándose, le adora. El poder y la gloria, que el Diablo ofrece, no son otra cosa que el poder político de los reinos de este mundo. En el Antiguo Testamento se había anunciado que el Mesías poseería el dominio de todos los reinos. Al fin y al cabo, el Mesías había sido constituido Rey por voluntad divina. El Diablo aprovecha ese detalle para ofrecerle la consecución del objetivo por un camino erróneo: adorarle. No hay duda de que el Diablo tiene poder en este mundo; poder que se ejerce, a veces, a través del poder político. Piénsese, por ejemplo, en las persecuciones y en los obstáculos de todo tipo, que los estados han puesto con frecuencia a la Iglesia, Reino de Dios en la tierra.

Cristo rechaza la oferta. No hay duda de que él es Rey. Su reino, sin embargo, no es de este mundo. Le pertenecen en verdad todos los reinos de la tierra, pero no ejerce un poder político sobre ellos. Más aún, permite que el poder político se le oponga muchas veces. Todos esos reinos serán sometidos un día. Pero el camino a seguir es otro. La voluntad del Padre es el camino hacia Jerusalén. Allí se cumplirán las Escrituras. Allí será constituido Rey mediante su Pasión, Muerte y Resurrección. Será constituido Juez de vivos y muertos. La tercera tentación lo indica: el Diablo volverá a la carga. No podrá hacer nada. Cristo no sucumbirá; obedecerá al Padre hasta la muerte. Allí será vencido el Diablo para siempre.

Las Tentaciones tienen un gran sentido teológico. Cristo es tentado en cuanto Mesías. A Cristo se le ofrece un camino fácil, distinto del señalado por el Padre, para la consecución de su objeto: satisfacer de modo fácil, con su poder taumatúrgico, la necesidad del hambre (primera tentación); poseer el gobierno del mundo entero con el poder y la fuerza (segunda tentación); suscitar la admiración del público mediante maravillas caprichosas (tercera tentación). Cristo vence. Cristo no emplea los poderes recibidos en provecho propio ni en forma que no se acomode a la voluntad del Padre. Cristo sigue el camino señalado por el Padre. Cristo vive de la Palabra del Padre; Cristo no tienta al Padre; Cristo no rehúye la cruz que le ha señalado el Padre; Cristo será Rey según la voluntad del Padre. Fracaso del Diablo; triunfo de Cristo.

Nótese, por último, en este pasaje: La presencia del Espíritu. Y ese lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo suscita, según algunos, la imagen de un encarnizado y continuado combate -el verbo en imperfecto expresa duración- entre Jesús, asistido y movido por el Espíritu, y el diablo. Y, también según ellos, la imagen de un Jesús tan íntimamente unido al Padre, en el Espíritu, que se olvida, durante ese tiempo, del sustento. Sería el carismático por excelencia. Quizás acertemos conservando las dos imágenes. De hecho, la referencia al Espíritu -propia de Lucas- une este pasaje con el del bautismo (3, 21-22), estableciendo así estrechas y sutiles relaciones: el Espíritu desciende de lo alto y lo mantiene íntimamente unido en lo alto, el Padre -oración- reposa sobre él y lo urge para el cumplimiento de su misión. Comienza la obra mesiánica y ha de ser llevada a cabo en unión con el Padre por la fuerza del Espíritu en constante oposición -combate- del diablo. Cuanto más cerca está de Dios, tanto más al acecho el diablo.

Consideraciones:

Conviene recordar que estamos al comienzo de la Cuaresma. Hoy es su primer domingo. La tradición litúrgica ha dado a este tiempo de preparación para la participación de los misterios del Señor gran relevancia y lo ha adornado de prácticas piadosas abundantes y saludables. La Pascua se perfila al fin, al fondo, como meta de nuestra vida. Puede que nos parezca largo el camino; pero no hay más remedio, debemos recorrerlo con Cristo al lado: oración, reflexión, obras de caridad, penitencia, compunción, etc. Conviene hacer un alto en el camino de nuestra vida y levantar la vista de la tierra, donde nos movemos ordinariamente, para mirar a lo lejos, hacia adelante, hacia nuestro fin, y hacia atrás, hacia nuestro principio. Es menester reflexionar sobre nuestro origen y sobre nuestro fin. Cristo en sus grandes misterios ha de ser el centro y la solución. Por eso comencemos, para las consideraciones, con el ejemplo de Cristo, como Misterio y como norma.

1. Las Tentaciones: El evangelio nos presenta a Cristo tentado en cuanto Mesías. Jesús, el Hijo de Dios, Mesías, había recibido del Padre una misión que cumplir. La misión era importante. De ella dependía nuestra salvación y glorificación. Estaba en juego la gloria de Dios y la salvación del hombre. El Diablo trata de deshacer la obra divina. Ya lo había intentado una vez con cierto éxito, allá en el Paraíso. Desde entonces la humanidad andaba errante y desorientada, abocada a la muerte y a la perdición. Cristo había venido a enderezar las cosas, a ponerlas en su lugar. El Diablo lo presentía. Por eso trata de desarticular el plan divino. La tentación es hábil y sugestiva. El Diablo se empeña en disuadir, en apartar a Cristo del cumplimiento de su misión. Las tres tentaciones van en esa dirección: emplear los poderes divinos, confiados al Mesías para el cumplimiento de su misión, en provecho propio. Los poderes recibidos, sin embargo, han de ser empleados según y conforme a la voluntad divina, nunca en contra de ella. Cristo sale vencedor. Cristo no eligió el camino fácil, placentero y lujoso: antes bien eligió aquel que lo llevó a la muerte, obediens usque ad mortem. Lucas lo indica atinadamente al colocar la última tentación en Jerusalén. Ni siquiera el hambre le movió a emplear sus poderes taumatúrgicos en favor propio. No cayó en la tentación de ser como Dios; cumplió perfectamente su papel de hecho hombre como nosotros, excepto en el pecado. Tal actitud de Cristo tiene una doble aplicación. Una, en sentido colectivo; otra, en sentido individual.

La Iglesia ha heredado la misión de Cristo de llevar la salvación a todo hombre. El mesianismo de Cristo continúa en la Iglesia. La misión ha de durar hasta la consumación de los siglos. En el cumplimiento de esta misión, la Iglesia ha de sufrir los repetidos asaltos del enemigo; el último, al final de los tiempos, será el más rudo, tenaz y violento. Los poderes del mal han de tratar, por todos los medios posibles, de derribar por tierra la institución fundada por Cristo: la destrucción de la Iglesia. Con frecuencia usará métodos sorprendentes: solicitación, persecuciones, ataques sofísticos, falsos profetas, etc.; hay que estar alerta. La Iglesia no podrá jamás emplear los poderes espirituales que se le han concedido, para el enriquecimiento propio o la gloria propia que no trasciende a la gloria de Dios. La tentación puede ser grave y atractiva. El poder político, como único poder de la Iglesia, sería un desafuero. Pregúntense los jerarcas, si sus miras van en dirección a Cristo y conforme a Cristo tentado o no. No puede dejar su misión de predicadora de la salvación del hombre, según la voluntad divina, por la consecución de un buen puesto en la sociedad, por una buena fama humana, por una burguesa acomodación a los tiempos o por una simpatía con los magnates de este mundo, sean políticos o intelectuales. Tampoco la persecución debe arredrarla. Hay que mantenerse firme en la confesión de su fe y de su misión. La primera y segunda lectura nos dicen algo de ello.

El cristiano debe hacerse una pregunta semejante. También él ha recibido, en cuanto hombre y en cuanto cristiano, unos poderes: habilidades, facultades, potestades, etc. ¿Qué hacemos con esos dones? ¿Los empleamos para el mejor cumplimiento de la voluntad de Dios? ¿Es nuestro primer y único afán el propio capricho, la propia comodidad, la propia terrena necesidad, el propio placer, el propio enriquecimiento, la propia gloria? ¿Vivimos en realidad de la palabra que sale de la boca de Dios? Dios dirige la historia (primera lectura). Dios tiene providencia (salmo responsorial). ¿Tenemos fe en él (segunda lectura)? ¿Caminamos según su voluntad o prescindimos de ella? Conviene meditarlo. El tiempo de Cuaresma es el tiempo oportuno; vamos a aprovecharlo. ¿Es Dios nuestra gloria? ¿No buscamos los poderes de este mundo como más seguros y apreciables? La tercera tentación está colocada en Jerusalén. Ello nos obliga a pensar en la Pasión de Cristo. ¿Qué significa para nosotros la Pasión del Señor? ¿Huimos del sufrimiento con menoscabo de nuestra religiosidad y desprecio de la voluntad divina? ¿Nos hacen cometer pecados el afán de poder y de gloria humana? Hay que pensarlo. Probablemente hemos caído en la tentación. Hora es de corregir el camino. Se nos puede exigir cuenta en cualquier momento.

Volvemos la vista hacia nuestro bautismo: en él se nos comunicó el Espíritu que nos relaciona con el Padre -oración constante- y nos urge y fortalece para el combate: hijos de Dios y soldados de Cristo en el Espíritu. No es extraña en la Cuaresma la consideración del bautismo.

El tema ascético está en relación con todo esto. El ayuno de cuarenta días nos invita a ayunar en buenas obras; el silencio del desierto, la oración y el recogimiento para escuchar la palabra de Dios. Reflexión, soledad, oración. Estamos en Cuaresma.

2. La fe en la vida cristiana: La fe es necesaria para ser cristiano y para vivir cristianamente. La segunda lectura nos recuerda su valor y necesidad. La fe ha de ser viva y eficiente: sometimiento a la voluntad de Dios en el cumplimiento de sus preceptos. Confesión de corazón y de boca, de afecto y de obra.

Por otra parte, la fe ilumina la historia. Para nosotros cristianos, la historia tiene un sentido claro y preciso. Todo está en relación con la salvación del hombre. La fe nos dice de dónde venimos y a dónde vamos: de Dios y a Dios. La historia está en sus manos y en nuestra correspondencia a su voz. La historia, a pesar de sus misterios, camina hacia su fin. Dios ha comenzado la obra de la salvación en Cristo; la continuará adelante. Nuestra vida actual responde a una disposición piadosa de Dios para con nosotros. Es menester mantener firme la fe; es menester esperar confiados. El salmo responsorial nos invita a ello. La fe tiene su lugar apropiado, aunque no único, en el culto. Conviene actuar la fe en él. La tierra que nos espera mana leche y miel. Caminemos confiados. En las tribulaciones clamemos al Señor. Él nos escuchará.

Las oraciones colecta y poscomunión se relacionan muy bien con las lecturas. La primera nos recuerda las penitencias cuaresmales, para vivir más plenamente el misterio de Cristo. La segunda nos anima a vivir una vida intensa teologal: fe, esperanza y caridad; a vivir de la Palabra de Dios.