Domingo I de Adviento

Primera Lectura: Jr 33, 14-16. Mirad que llegan días en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel.

Estos versillos, alargados hasta el 12 por una parte, y por otra hasta el 26, no se encuentran en la versión griega de los LXX. Los traen, en cambio, el texto hebreo, la Vulgata y otra versiones. La Iglesia los considera bíblicos. Dudan, sin embargo, los autores de su autenticidad. Los versillos no parecen ser originarios de Jeremías. Reflejan momentos posteriores a este gran profeta. Son obra de un profeta desconocido. La Biblia los ha conservado aquí, dentro del libro de Jeremías. Parecen haber hallado un lugar adecuado.

Efectivamente, estamos dentro del libro de la consolación. El profeta nos anuncia esta vez cosas buenas: promesas de restauración para Jerusalén y Judá. Jeremías ha sido testigo del desastre que cayó sobre la tierra de Palestina. Pero vio alzarse de nuevo, tras la ruina, el edificio de estructura nueva; tras la dispersión, un pueblo unido; tras la angustia, la alegría y el gozo; tras el castigo, el perdón; tras la desolación y la muerte, la bendición de Dios y la vida. No podía faltar, en esta visión halagüeña, una alusión a la monarquía, a la casa del Mesías, al Ungido del Señor, al Rey de Israel. Nuestros versillos sí la hacen. De esa forma completan el cuadro. Todo renace, todo revive, todo cobra nuevo vigor, nueva fuerza, nueva vida. Ese es el contexto. Veámoslo más de cerca.

Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá:

El versillo 14 nos hace levantar la vista y otear el horizonte. Se alude a los tiempos mesiánicos. Para esos momentos ha relegado Dios una bendición especial. La noticia es buena, ¡albricias!. Dios no ha olvidado su promesa; la recuerda y la confirma Él mismo.

En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra: El versillo 15 va dirigido a la monarquía, al Ungido. Dios mantiene en pie su promesa: de la casa de David surgirá un Vástago nuevo. La justicia y el derecho serán su cetro. Es un eco más de la voz de Dios que resuena por los profetas. Véase Jr 23, 5-6; Is 4, 2; por ejemplo. Dios vuelve a anunciar aquí la venida del Rey justo y equitativo.

El versillo 16 se dirige al país: Se salvará Judá y vivirán tranquilos en Jerusalén. Puede que en un tiempo estuviera desunido ese oráculo del anterior. En el contexto presente, éste depende del otro. La salvación de Judá y la tranquilidad de Jerusalén vienen a través del Rey justo y santo. La justicia de la nueva tierra, de la nueva nación va a ser Dios mismo. Dios va a ser todo para ella. No otros dioses, sino Yavé, Dios de los ejércitos.

Salmo Responsorial: Sal 24, 4bc-5bc. 8-9. 10. 14: A ti, Señor, levanto mi alma.

Salmo de orientación sapiencial. Predomina, como elemento común, la reflexión. De la reflexión -meditación sobre los atributos divinos de bondad y misericordia- surge la oración serena y confiada por una mejor inteligencia de la voluntad divina. La oración va en dos direcciones. La una apunta a una penetración intelectual: Señor, enséñame tus caminos. La otra a la práctica: Haz que camine con lealtad. El espíritu del salmista está en movimiento: de la reflexión pasa a la petición. Y en la petición, del conocimiento a la práctica. Es la sabiduría, obra, al fin y al cabo, de Dios.

Segunda Lectura: 1 Ts 3, 12-4, 2: Que el Señor os fortalezca interiormente, para cuando Jesús vuelva.

Es la primera carta que escribió San Pablo. Forma, con la segunda del mismo nombre, unidad aparte, por el tema. San Pablo se ha encontrado, en sus andanzas de misionero, con diversos problemas. Las circunstancias del momento le han exigido soluciones concretas y parciales. La visión de Pablo es segura, sin duda alguna. Sin embargo, su exposición no siempre es completa. El tiempo y las vicisitudes, por los que atraviesa su apostolado, irán matizando y madurando su pensamiento. Era menester que la vida, con sus mil detalles, le hiciera ver las virtualidades de su fe y de su pensamiento. Lo hará, al correr el tiempo. Ahora estamos al comienzo de sus escritos. Conviene tenerlo en cuenta.

Es reciente y vivo todavía el impacto que ha producido en el apóstol y en los apóstoles la visión de Cristo resucitado. Cristo se les ha mostrado vivo, glorioso, lleno de poder y de majestad, vencedor de la muerte y sentado a la derecha del Dios Altísimo. El pensamiento torna indómito hacia él. Se le desea, se le anhela, se le espera. Las dos cartas a los Tesalonicenses discurren bajo el signo y la sombra próxima de la Parusía, bajo la espectativa anhelante de la Venida del Señor. El Reinado de Cristo ha comenzado ya en el momento de la Resurrección. Es el principio. La consumación definitiva se relega a su Venida al final de los tiempos. Hacia ahí apuntan los siglos, hacia ahí el pensamiento constante de Pablo, hacia ahí los corazones de los cristianos. Es el gran Misterio de Cristo.

Los tesalonicenses no se ven capacitados para resolver por sí mismos las dificultades, o, mejor dicho, para aplicar a cada caso la virtualidad encerrada en este Misterio. Recurren a Pablo, su maestro. Unos se lamentan y se entristecen por la suerte de los que ya murieron (1 Ts). Cristo no se ha manifestado todavía. ¿Cuál será la suerte de los que ya no pueden salir a su encuentro? Por otra parte, si la Venida del Señor es inminente, comentan algunos espíritus inquietos, es nulo el valor de este mundo; hay que dejarlo todo y permanecer ociosos a la espectativa de la manifestación del Señor (2 Ts). Pablo les escribe. Realmente sus fieles no han asimilado bien la doctrina enseñada. Las dos cartas tienen ese fin: a) Los muertos resucitarán. b) La venida del Señor se verá precedida de señales claras; el momento es desconocido. c) La vida cristiana continúa adelante mirando siempre al horizonte; vigilancia y atención.

Según la enseñanza de Pablo, por tanto, la vida cristiana está contenida entre estos dos puntos: comienzo y fin; Resurrección de Cristo y Venida gloriosa del Señor. De la primera recibe el impulso, el aliento. De la segunda el sentido, la orientación, la consumación. No es extraño que Pablo en las exhortaciones a una vida cristiana, recuerde, como fondo y pantalla, la Venida del Señor.

Los versillos leídos nos colocan en esta perspectiva. La Venida del Señor se proyecta (v. 13) sobre la vida cristiana toda. Bajo su sombra cobran sentido las virtudes que la vida cristiana exige.

En primer lugar (v. 12), un deseo-oración por la caridad. Virtud típicamente cristiana. Amor fraterno y amor universal. Amor que no tiene límite ni medida: sobreabundancia en intensidad y en extensión. Es obra divina. El Señor os lo conceda: es un don. De esta manera, santificados, se hallarán en condiciones de formar parte del cortejo de los santos que acompañan a Cristo en su Venida triunfal. La caridad, que viene de Dios, será el distintivo que los haga pertenecer a Cristo.

En segundo lugar, una exhortación correspondiente a la oración propuesta (vv. 1-2 del capítulo 4). El cristiano debe llevar una vida intachable, conforme a las normas dadas por Cristo. La vida cristiana se distingue, por su principio y por su fin, de toda otra vida. El signo le viene de Cristo. Vivir según Cristo, para salir al encuentro de Cristo. Pablo se remite a la catequesis primitiva impartida ya a los fieles de Tesalónica. El versillo 3 habla de santificación. Así debemos esperarle.

Tercera Lectura: Lc 21, 25-28. 34-36. Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Estamos en pleno discurso escatológico. Lucas distingue muy bien en este discurso lo que se refiere a Jerusalén y al pueblo judío, y lo que apunta a los últimos tiempos.

Las calamidades, que van a sobrevenir a Jerusalén, van a ser grandes y angustiosas; y la ruina, que Dios ha decretado contra aquella ciudad incrédula, deicida y recalcitrante, va a ser estrepitosa. No va a quedar piedra sobre piedra. El hermoso templo, gloria y orgullo del pueblo judío, va a ser totalmente desmantelado, reducido a un montón de escombros. Los habitantes, dispersados en todas direcciones y sometidos, muchos de ellos, a penosa esclavitud. Pueblo errante, pueblo sin patria, sin templo, sin culto. De ello será testigo el mundo entero. La historia lo ha conservado en sus memorias. La antigua economía se derrumba. Se yergue la nueva. Son los versillos precedentes.

Pero la mirada de Cristo se extiende más allá. Son los versillos de la lectura:

1.- También el mundo presente sufrirá una conmoción, una sacudida, un zarandeo violento. El estupor, el miedo pánico, la angustia, la congoja, se apoderarán del corazón de las gentes. Los mismos elementos naturales perderán su tradicional equilibrio y estabilidad; se precipitarán unos contra otros. Es el fin. Es el momento de la revelación en poder y majestad del Hijo del hombre. El Señor viene, y, naturalmente, el mundo, tanto animado como inanimado, se conmueve ante su presencia. No es extraño: es su Señor.

2.- El Señor no viene a destruir; viene a salvar a los suyos. Nótese el espíritu de entusiasmo que anima este pasaje. Los fieles deben levantar la cabeza y llenarse de gozo: ¡La redención está cerca! No es otra la finalidad de la venida de Cristo. Viene a recoger a los suyos, a liberar de la opresión, de la tribulación, de la angustia, de la incertidumbre, de todo dolor y de toda pena a sus fieles. Ahora gimen bajo el peso de las persecuciones, de las calamidades, del dolor y de la muerte. Es hora ya de levantar la cabeza. Ya ha llegado la redención. Todo pasó; viene el gozo, la felicidad eterna. Nuestro cuerpo mismo, dirá San Pablo, será rescatado; sufrirá una profunda transformación. Es tiempo de gozar y de reír.

3.- No sabemos el momento exacto del acontecimiento. Es necesaria la espera. Hay que mantener la cabeza alta oteando siempre, en todo momento el horizonte; abiertos permanentemente los ojos para verlo venir; vigilancia esmerada para que el sueño no se apodere de nosotros y nos haga cerrar los párpados, distanciándonos así del mundo que esperamos. Cabe el peligro, en verdad, de que el corazón, solicitado por tantos deseos incongruentes, llegue a embotarse y de que, desviado por vanos afectos, del último fin al que está destinado, perezca miserablemente enterrado en la misma tierra en que puso el ideal de sus afanes. Las cosas de este mundo pueden distraernos. Hemos de estar preparados para recibir al Señor. Sería verdaderamente lamentable y trágico que la Venida del Señor nos sorprendiera dormidos. Se impone la ascesis. Sobre todo la oración. La oración nos mantiene en vela; eleva nuestra mente a lo alto; nos hace suspirar por los bienes prometidos; nos hace ver la caducidad de lo presente; nos alcanza de algún modo los bienes eternos. En la oración gemimos, deseamos, esperamos, pedimos, amamos. La oración recaba de Dios la fuerza necesaria para superar las dificultades, para sobrellevar las calamidades, para sufrir con paciencia las tribulaciones, para amar con pasión las realidades que nos esperan. Hay que estar en pie, con la vista alzada a lo alto. El mirar al suelo, el agacharnos a recoger el polvo -bienes de este mundo-, el tumbarnos holgazanamente, puede ser fatal para nosotros, durante toda una eternidad.

Consideraciones:

Comienza el tiempo de Adviento, tiempo de preparación. El cristiano se prepara para la Venida de Cristo. Cristo viene, urge una disposición adecuada.

La Venida de Cristo, sin embargo, tiene lugar en dos momentos distanciados entre sí: Cristo viene al mundo por primera vez (Navidad); Cristo viene la mundo por segunda vez, al fin de los tiempos (Parusía). Las dos venidas tiene presente el tiempo de Adviento. La primera, ya acaecida, es en sí misma anuncio de la segunda. En la primera recordamos la gran misericordia de Dios para con los hombres. El Verbo de Dios desciende del seno del Padre y fija su morada en el seno de una Virgen, haciéndose partícipe de nuestra misma naturaleza. Se hace uno de nosotros. La finalidad de tan gran condescendencia es revelarnos al Padre, comunicarnos el Espíritu, hacernos partícipes, con Dios en su seno de su propia gloria, de su propio gozo, de su propia naturaleza, poseedores con él de vida eterna. Viene el Salvador. El acontecimiento lo celebramos en Navidad. Recordamos su venida salvadora. Es conveniente una preparación. La liturgia entera (lecturas, prefacios, oraciones, etc) nos lo recuerda constantemente en las dos últimas semanas de Adviento. Pero ya desde ahora, desde el comienzo, queremos celebrar aquel magno acontecimiento con gozo santo y alegría cristiana.

La segunda venida es todavía objeto de esperanza. Cristo va a venir. Lo ha anunciado repetidas veces. Viene a recogernos, a rescatarnos, a llevarnos con él. Ha inculcado la vigilancia. Corremos peligro de dormirnos. La idea de la venida al fin de los tiempos está presente en las dos primeras semanas.

El acontecimiento primero nos recuerda el segundo. La Navidad evoca la Parusía, de una se pasa a la otra. Ambas requieren de nosotros una adecuada preparación.

Aún podríamos señalar otra venida, que actualiza misteriosamente la primera y nos coloca, también misteriosamente, en la última: la presencia salvadora de Dios en nuestra vida. Somos ya hijos del Reino y objeto eficaz de sus amores, si escuchamos su palabra bondadosa y le dejamos crecer en caridad en nuestros corazones. Estamos llamados a ser transparente venida del Señor en espera transformante de su glorioso encuentro.

Temas:

1.- Cristo viene: Se trata de la última venida. Es la Parusía, la manifestación gloriosa de Cristo Rey y Señor del universo. Ante él tiembla el mundo entero. Así lo afirma categóricamente el evangelio, y Pablo, como fondo de su exhortación a los tesalonicenses. Es el hijo del hombre quien viene: Hay que estar preparado.

Cristo viene como salvador: Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación. Conviene insistir en ello. Es el momento de la liberación, de la gran y absoluta liberación. Terminó para siempre todo lo que pueda entristecernos, aunque sea en forma mínima. Es el momento del gozo indecible, de la alegría completa, de la felicidad totalmente saciada. Ahora gemimos bajo el peso de mil calamidades de todo tipo. En el fondo deseamos aquel momento, lo pedimos, lo anhelamos. ¿No decimos todos los días: venga tu Reino? Si nuestra alma no se alegra con el pensamiento de aquella hora, si nuestro corazón no salta jubiloso al recordar aquel momento, si todo nuestro ser no se regocija suspirando por aquel acontecimiento, debiéramos preguntarnos el porqué. Seguramente lo hemos perdido de vista, estamos dormidos; seguramente estamos prisioneros de los goces de este mundo, que nos hacen olvidar los verdaderos; seguramente yacemos holgazanes, hundidos quizá en el barro, sin la menor intención de levantarnos. Mal síntoma: ya no gemimos, ya no deseamos, ya no oramos, ya no estamos en pie, ya no vigilamos. Hay que despertar, hay que levantarse, hay que orar. El Señor viene: viene como salvador para los que velan, como juez para los que duermen.

2.- Preparación adecuada. Virtudes cristianas que hay que ejercitar en la espera:

2. 1.- Recordemos, con Pablo, la caridad. Caridad a los hermanos, caridad a todos. Así la tuvo Cristo, así la enseña Pablo. La caridad nos une de esta forma estrechamente a Dios. Ella nos santifica, nos hace santos. Ella nos prepara así para formar parte del cortejo de Cristo, que viene con sus santos (Pablo). La caridad nos dignifica, nos eleva. No olvidemos que el juicio final versará sobre nuestras obras de caridad.

2. 2.- Vigilancia: El ejercicio de la caridad, la adquisición de la santidad, exige esfuerzo y renuncia. Las cosas de este mundo -personas, bienes, ilusiones, afectos, etc.- pueden ofuscarnos, pueden retraer nuestra atención del fin último, pueden apresarnos, pueden corrompernos, pueden hacernos creer que sólo los bienes presentes, movedizos y perecederos, pueden satisfacer nuestras ansias profundas de felicidad, constituyéndonos egoístamente en centro del mundo entero, con perjuicio del amor a los demás. Ascesis, renuncia, esfuerzo.

2. 3.- Oración: La necesitamos. Nuestros ojos son débiles y nuestras fuerzas pocas. Necesitamos luz para ver con claridad, para apreciar en su debido valor los bienes que nos rodean. Necesitamos impulso, empuje, fuerza para mantenernos en pie, pues los vientos son a veces huracanados y la tierra donde pisamos movediza. La tierra ejerce todavía sobre nosotros su fuerza de gravedad. Hace falta de lo alto una atracción mayor. La oración nos la alcanza. La oración, pues, no enseña a ver, a apreciar. La oración nos infunde el vigor. Con ella gemimos, deseamos, pedimos, somos fortalecidos, esperamos, amamos, nos santificamos. Buena y necesaria preparación. El salmo es una petición y una reflexión. Dos formas de oración. Pidamos con él: Enséñanos el camino, Señor. El camino es Cristo, con él llegaremos a la vida eterna. Dios nos hace ir por él: pidámoslo.

3.- Cristo viene: Se trata de la primera venida; por lo menos nos la recuerda. Cristo salvador, misericordioso, nos ofrece todavía la salvación: preparémonos para recibirla. La profecía, con todo, no se agota en ella. El cumplimiento perfecto se relega al final.