Domingo I de adviento

Primera Lectura: Is 63, 16-17; 64, 1.3b-8: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases.

Contexto histórico:

Los capítulos 56-66 del libro de Isaías son obra de un profeta desconocido, de la escuela, valga la expresión, de Isaías (II). Desempeñó su misión en Is­rael en los tiempos inmediatos a la llegada a Palestina de los primeros des­terrados de Babilonia. Se le suele llamar Tritoisaías, el tercer Isaías.

El Deuteroisaías, Segundo Isaías (capítulos 40-55), había prometido a su pueblo, en nombre de Dios, un brillante porvenir a la vuelta del destierro. Dios iba a levantar su brazo poderoso en aquellos días, e iba a realizar grandes maravillas: un nuevo éxodo, una creación nueva. El pueblo saldría del destierro ágil, purificado, santo, lleno de bendiciones. La realidad, en cambio, se presentaba ahora de muy distinto color: deplorable. Surgían por doquier dificultades y tropiezos: ruinas, malas cosechas, hostilidades de los vecinos, mediana acogida de os que allí vivían, prácticas paganas… Casi to­tal abandono. cundía el desaliento, se enfriaba la fe; crezca la codicia de unos en menoscabo de otros; se apagaba el fervor, disminuía el interés por las cosas santas y descendía alarmantemente la práctica religiosa del pue­blo. La salvación completa, ya prometida, no llega. El pueblo se alejaba de Dios. Y alejarse de Dios es fabricarse la propia ruina. Ruina que comenzaba a percibirse como realidad dolorosa en las ruinas de Jerusalén. En medio de la desilusión y del descontento surgen voces autorizadas que claman en nombre de Dios. Son los profetas. Uno de ellos, nuestro Isaías.

El texto que nos ocupa refleja con claridad la situación descrita. Ante el panorama desolador, que obscurece de lágrimas los ojos del profeta, surge, de lo más hondo del corazón, espontánea, ardiente, incontenible, una bellí­sima oración. Es un clamor, un grito angustioso, una súplica desgarrada, un apremio urgente por la pronta salvación: Ah, si rompieras los cielos y baja­ras. Hay mucha fe y profundidad en ese clamor: Padre nuestro, Salvador nuestro, ¡Somos tu pueblo!, ¡Somos arcilla!, ¡Estamos manchados!… Nótese ese afectuoso y apremiante; Nuestro y tú que hace de la oración algo indefec­tible: Danos tu salvación. El profeta mueve todos los resortes a su alcance: es de vida o muerte. Se trata, borrando el pecado, de levantar una nueva creación. Y Dios Padre y Señor, que habla por los profetas, escuchará la oración.

Salmo responsorial: Sal 79, 2-3.15-16.18-19: Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Lamentación pública en una desgracia, súplica.

El Señor, que se sienta sobre querubines, lleno de poder, es nuestro Dios. El Dios de los ejércitos es nuestro Pastor. Es el constructor de la casa y el dueño de la viña. Somos su viña y su rebaño. Y nos encontramos en ago­biante necesidad. ¡Señor restáuranos! El aire de súplica domina el salmo. Basta fijarse en los imperativos: restáuranos, vuélvete, fíjate… La restaura­ción es, en cierto sentido, una nueva creación. Al Dios, Señor y Pastor, se le pide fervorosamente un acto bondadoso de su poder: la salvación. Y es que cuando la necesidad apremia, el grito salta espontáneo: danos vida. Vida que ha de consumirse en un esmerado y cordial servicio. Servicio fiel y afec­tuoso que es el sentido de la vida. Restáuranos y sálvanos. La salvación, pues, en forma de restauración. El pueblo ha de ser restaurado para vivir. La viña ha de gozar de los cuidados de su Señor para poder dar fruto. Y el fruto apetecido es No nos alejaremos de ti.

Segunda Lectura: 1 Co1, 3-9: Aguardamos la manifestación de nues­tro Señor Jesucristo.

Nos encontramos todavía en el encabezamiento de la carta. Contiene inte­resantes afirmaciones y es rico en pensamientos de importancia. Notemos de paso que cada una de las frases acaba con el nombre de Cristo. Cristo es, pues, el centro. Cristo, el Señor, domina toda la vida cristiana.

La lectura comienza con un saludo típicamente cristiano, que ha pasado por su gracia y valor al uso litúrgico. Nótese el inciso «nuestro Padre» refe­rido a Dios, cargado de afectuosidad. Dios Padre, al fondo, como origen de todo bien. Podemos ver en a referencia a los dones una alusión -estamos en la carta de los carismas- al Espíritu Santo. En la obra de Cristo se halla presente la Santísima Trinidad ¿Quién no abrirá su corazón agradecido?.

Cristo es fuente de gracia y de riqueza: paz, alegría, dones en el hablar y en el saber. La misma existencia de Corinto de una comunidad floreciente es de por sí un testimonio irrecusable de la presencia salvadora de Cristo. La obra de la salvación ha comenzado.

La riqueza, no obstante, no es absoluta. Es participación en misterio de lo que se avecina. Esperamos algo definitivo: la manifestación de Cristo en glo­ria y majestad. No hay por qué inquietarse. Dios está a nuestro lado. El me­jor y más seguro testimonio, la presencia entre nosotros de su Hijo. El co­menzó la obra, él la llevará a cabo. ¡Dios es fiel! Dios nos dará fuerzas para permanecer fieles hasta el fin. Y el fin y destino no puede ser más soberano y glorioso: Participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. Cristo es el Señor resucitado. Toda nuestra vida tiende a él.

Tercera Lectura: Mc 13, 33-37: Velad, pues no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa.

Fin del discurso escatológico. Allá en el lejano horizonte, en el límite de los tiempos, se perfila como segura, aunque borrosa, la Venida del Hijo del Hombre. Marcos remata las palabras de Jesús, a modo de broche apelativo, con dos parábolas un tanto embrolladas: a) el hombre que se fue de viaje, de­jando a cada criado una tarea (Mt 25, 14); y b) el dueño que se presenta de forma inesperada en la obscuridad de la noche (Lc 12, 36). Las instancias a permanecer en vigilancia se interfieren a modo de trama: al principio, en medio y al fin. Es lo que quieren advertir las dos parábolas. La voz de Jesús se carga de seriedad para anunciar y amonestar, el gran acontecimiento: el Señor viene. Puede que el término «noche» sugiera la condición actual -el mundo en tinieblas- en que se encuentra el hombre en espera de la luz del Señor que viene.

La Parusía es elemento integrante y esencial del Evangelio, del misterio de Cristo. También lo es la necesidad de esperarla vigilantes. Se avecina algo grande y definitivo. Hay qué esperarlo. Y esperarlo significa, en el con­texto en que nos encontramos, vigilar atentamente. Y vigilar es: estar con los brazos abiertos, con las manos extendidas, con el corazón latiendo, con el pensamiento vivo. Todo el hombre en acción: actuando los bienes que se nos han concedido (primera parábola) y dando respuesta cumplida de ellos a ala venida del Señor. Debemos ser auténticos siervos responsables, siervos que saben responder con su vida, en condición de tales, al soberano Señor. La amonestación va para todos, en especial, quizás, para los dirigentes.

Consideraciones:

Comienza el año litúrgico. Uno tras otro van sucediéndose en nuestra vida los años con sus problemas, con sus vicisitudes, con sus esperanzas y sus temores, con sus pérdidas y ganancias. Pero hay algo muy seguro: tu­vimos un principio, nos dirigimos a un fin. No podemos perder de vista el fin que nos espera. Ya desde el comienzo nos es conveniente dirigir nuestras mi­radas hacia él. Todo será ganancia, todo será triunfo, si el Día aquel nos en­cuentra vigilantes. Todo en cambio, se convertirá en lamentable pérdida, si en aquel momento nuestra disposición es deficiente. Las lecturas de hoy vuelven a presentarnos estas verdades bajo un aspecto relativamente nuevo, respecto a los domingos anteriores.

A) La primera lectura es un clamor, un grito, una sentida oración que nace de lo más profundo del corazón. Los antiguos clamaron angustiados, conscientes de la necesidad en que se encontraban, y acuciados por el dolor: «¡Señor, rompe los cielos y baja!». Se sentían huérfanos y clamaron al Padre, perdidos y clamaron por un Salvador, manchados y extendieron sus manos hacia las aguas vivas, quebradizos y endebles y se acogieron a su Hacedor, al Fuerte. El Señor, fiel siempre a su palabra, no desoyó oración tan angus­tiosa; les envió el Salvador.

Nosotros nos encontramos ciertamente en mejor situación que los anti­guos. Sin embargo, también nosotros sentimos vivamente ante la considera­ción de nuestra propia flaqueza y miseria, ante la consideración de los males morales y físicos del mundo que nos rodea, injusticia, irreligiosidad, opre­sión, infidelidad, hambre y destrucción, la necesidad de que Dios se acerque más sensiblemente a nosotros. Con todo corazón debemos clamar: «¡Padre, Salvador nuestro, rompe los cielos y desciende!». La conciencia de que somos arcilla y barro, de que estamos manchados, de que la iniquidad nos rodea, debe acrecentar el volumen e insistencia de nuestra oración. Nos prepara­mos para la venida del salvador.

B) Cristo ya vino. Nuestra situación por eso ha mejorado considerable­mente. Pero Cristo no ha venido definitivamente. Siempre viene.

La segunda lectura nos asegura la realidad de los dones divinos en noso­tros. Poseemos la Salvación; poseemos ya la Gracia. Dios está más cerca de nosotros. Dios se muestra más Padre. Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su espíritu. Pero todo esto, aunque es para siempre por parte de Dios, no es definitivo en nuestras manos. Nos cansamos, nos fatigamos y co­rremos el peligro de abandonarlo todo. Debemos reavivar la esperanza. No hay por qué desanimarse. Dios ha comenzado la obra; El la llevará a buen término. Dios es fiel. El Señor viene.

C) Nos preparamos para la primera venida del Señor, sin perder de vista la segunda. O si se quiere, nos preparamos para la segunda venida, mi­rando de cerca a la primera. El Señor viene. La mejor preparación es la oración sentida e insistente. Clamemos y oremos con gemidos, confiados en la misericordia del Señor, Padre y Salvador nuestro: «¡Señor, VEN!». Este será el mejor estado de vigilancia. Actuemos y provoquemos su venida con buenas obras. Quien deje escapar la ocasión está perdido. Pues el que se salva sabe, y el que no, no sabe nada.